La Alpujarra

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Sin embargo, lo que más nos distrajo y entretuvo en aquel rápido descenso (por la gráfica y material idea que nos dio de la variedad de climas y temperaturas que íbamos atravesando), fue la gradación de higueras que recorrimos con la vista en el espacio de dos o tres kilómetros. Primero las encontramos sin asomo alguno de vida, deshojadas y secas, como blancos esqueletos, o más bien como fósiles de una antigua vegetación. Más abajo, las higueras tenían ya yemas; más abajo, las encontramos cubiertas de breves y rizadas hojillas; más abajo, vestidas de amplias y lujosísimas hojas, y, por último, cerca ya de la Rambla de Albuñol, estaban cuajadas de adolescentes higos, cuando no de maduras y ya comestibles brevas.

Mas no hablemos todavía de aquella apetecida rambla; que, antes de llegar a ella, aún hemos de bajar muchos escalones, y la menor distracción pudiera costarnos una celebridad… a que no aspiramos de manera alguna.

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Dígolo, porque a nuestra izquierda se halla el célebre Tajo del Veredon, desafiado, si es permitido hablar así, por una de las sendas más atrevidas que hayan abierto las abarcas de los pastores…

Encima de aquella estrechísima vereda se levanta un desmesurado monte vertical, llamado el Cerro de Álvarez. Debajo, se descubren las tinieblas de un espantoso abismo, que muchos suponen llega a los antípodas.


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