La Alpujarra

La Alpujarra

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Pero mañana hablaremos de tales cosas. Contentémonos a la presente con haber acabado ya de bajar y no tener por hoy que volver a subir: contentémonos con encontrarnos en la Rambla de Albuñol, que es como aquí se llama todavía la que más abajo es Rambla de Albuñol: contentémonos, finalmente con estar ya casi al nivel del mar, en plena primavera, casi en plena África, y en la hora más dulce y apacible de una hermosa tarde.

* * *

Serían las cinco y media.

El sol había desaparecido para aquel valle, aunque todavía doraba las alturas.

La tierra, libre ya de la abrumadora presencia del astro rey (que allí es un rey tan absoluto como inexorable), principiaba a respirar y desentumecerse, inundando el aire de balsámicas esencias y placidísimos rumores.

Por la rambla corría, dividido en dos o tres brazos, un arroyo de agua cristalina, que difundía por todas partes amenidad y frescura…

¡Delicioso término de jornada!

Los caballos sacudían las crines alegremente, saludando el fresco de la brisa, la reaparición de la llanura y la proximidad del pienso…

Y nosotros abusábamos de su entusiasmo, poniéndolos a galope, a fin de llegar a Albuñol antes de que acabase de oscurecer.


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