La Alpujarra
La Alpujarra El Mulhacén, sobre todo, atraía nuestra ávida atención. Él era el protagonista del viaje; él había de ser el polo perpetuo de nuestras idas y venidas, y el fondo constante de cuantos vistosos cuadros esperábamos contemplar; él es rey de los montes alpujarreños… ¡aquel que, dominándolos a todos, descubre las dos orillas del Mediterráneo, como las de un lago de su imperio, mientras que por la otra parte registra con su mirada escrutadora hasta las soledades de la Mancha!
Así es que yo le decía muy por lo serio, con una indefinible mezcla de veneración, curiosidad y cariño:
—A tu otro lado voy: detrás de ti estaré mañana: mañana habré visto todos los misterios que me ocultas desde que nací.
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Al propio tiempo, esta denominación de Mulhacén que lleva la cúspide eminente de toda España, recordábame su patético significado.
Desde luego se comprende que es el mismo nombre del imprudente esposo que repudió a la altanera AIXA, el nombre del escarnecido padre del rebelado BOABDIL, el nombre del constante adorador de ZORAYA (Lucero de la mañana en habla mora, y lucero cuya hermosura fue tan fatal a los granadinos como la de Helena a griegos y troyanos), el nombre de MULEY HACEM, en fin, penúltimo Rey de Granada.