La Alpujarra
La Alpujarra Pero los soñadores que, en noches de luna, cabalgan por aquella meseta, siguiendo los disparados caballos de apuestas amazonas, en busca de los puntos de vista más a propósito para contemplar a Granada a la mágica luz del astro de sus recuerdos, saben todo el fantástico hechizo que las memorias de otros tiempos comunican a tan esquivo despoblado… Lo menos que se cree entonces cada uno es que se llama GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, HERNÁN PÉREZ DEL PULGAR, o GARCILASO DE LA VEGA, y que va en pos de la REINA CATÓLICA, de DOÑA BEATRIZ DE BOBADILLA y de sus otras damas, haciendo reconocimientos militares y adorando de paso lo imposible…
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Mientras nuestra imaginación acariciaba estas añejas fantasmagorías, la Diligencia se acercaba al pie de Sierra Nevada, aunque procurando siempre dejarla a la izquierda en su marcha oblicua y llegar al viso del Suspiro del Moro.
El Picacho de Veleta, erguido encima de nosotros, y el Mulhacén, que asomaba más allá su frente augusta, ambos vestidos de nieves recientísimas sobre las eternas que los acorazan, eran, por lo tanto, el eje inmóvil que nos sujetaba y nos repelía a la par, como la mano a la piedra aprisionada en la honda, si bien parecía que ellos giraban por sí mismos para mostrarnos sucesivamente las diversas fases de su grandeza.