La Alpujarra
La Alpujarra Los martirios de cristianos seguían también en toda la tierra levantada, sin que el naciente poder del Rey morisco bastase a tener a raya la ferocidad del execrable FARAG ABEN-FARAG y de sus hordas de Monfíes. Suplicios, torturas, degüellos en masa, sacrilegios inauditos, crueldades mayores que las de Nerón y Diocleciano; nada omitían aquellos monstruos. Comunidades enteras de religiosas habían sido inmoladas entre los tormentos más atroces. Los agustinos de Huécija (por ejemplo) habían perecido todos, unos mutilados, otros quemados, y otros enterrados vivos[40].
En cuanto al móvil de tamañas iniquidades, no era otro que el fanatismo musulmán, vivo aún y ardiente en aquellas almas, a pesar de los ochenta años que los descendientes de los moros acababan de pasar fingiéndose cristianos.
«Lo primero que hicieron (refirionos a este propósito el iracundo Mármol, que por lo visto no podía olvidar sus ocho años de cautiverio en África) fue apellidar el nombre y seta de Mahoma, declarando ser moros ajenos a la Santa Fe Católica que tantos años había que profesaban ellos y sus padres y abuelos. Era cosa de maravilla ver cuán enseñados estaban todos, chicos y grandes, en la maldita seta».