La Alpujarra

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Este yerro era mucho mayor de lo que ellos podían imaginarse. Precisamente aquellos días, el MARQUÉS DE MONDÉJAR (abundando en el espíritu conciliador y benévolo que su abuelo el CONDE DE TENDILLA mostró siempre a los vencidos mahometanos) andaba en tratos y negociaciones con algunos moriscos de importancia, a fin de llegar a un acomodamiento pacífico, sobre la base de que los alzados se sometiesen al Rey D. FELIPE II y el Rey D. FELIPE II a las Capitulaciones pactadas entre los REYES CATÓLICOS y BOABDIL. Apresurose, pues, MONDÉJAR, no bien ocurrió la catástrofe de Jubiles, a castigar con pena de horca a los soldados que parecieron más culpables y dar Cartas de Salvaguardia a todos los alpujarreños de origen moro que se hubiesen rendido sin pelear, logrando, al fin, ponerse, en comunicación epistolar con ABEN-HUMEYA. Pero, por más cartas que le dirigió a este su pariente, y amigo D. ALONSO DE GRANADA VENEGAS (quien, a pesar de ser nieto del famoso príncipe CID-HIAYA, seguía fiel a su Majestad y militaba contra los moriscos a las órdenes del MARQUÉS), no se consiguió cosa alguna; pues ABEN-HUMEYA (díjonos Lafuente Alcántara) «rehusó rendirse, —después de tanta sangre vertida—, y se obstinó en aventurar su fortuna a la suerte de las armas».




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