La Alpujarra

La Alpujarra

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A Albuñol se le distingue desde muy lejos: a Murtas no se le ve hasta que se está dentro de sus calles. Albuñol se encuentra en el fondo de una rambla, casi al nivel del mar: Murtas se halla en todo lo alto de su Cerrajón, aunque dominado y abrigado por el morro en que remata la cordillera. En Albuñol, con estar tan bajo, tuvimos que entrar subiendo: en Murtas, con estar tan alto, entramos por encima de las chimeneas. En Albuñol era ya verano: en Murtas era rigoroso invierno. Albuñol es blanco, alegre, risueño, luminoso: Murtas es pardo, grave, tétrico, sombrío. Allí se huye del sol: aquí se busca la lumbre. El uno respira voluptuosidad y molicie: el otro esquivez y austeridad. Aquel recuerda las ciudades del Oriente: este las poblaciones de Castilla la Vieja. Albuñol es un pueblo moro: Murtas, un pueblo cristiano.

Todo tiene su poesía especial cuando se principia a ser viejo, y yo se la encuentro muy grande a estos pueblos de tan lúgubre fisonomía, que viven azotados por las inclemencias del cielo, oyendo a todas horas el mugir de los aquilones, ora abrumados de nieve, ora envueltos en la niebla, y donde, sin embargo, o por lo mismo, reina tan íntimo contento en los hogares, es tan amable la vida de familia, están tan excitados todos los afectos, todas las creencias y todos los temores.


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