La Alpujarra
La Alpujarra desbocada correr de cumbre en cumbre,
huyendo de su lóbrego destino,
a aquella fastuosa muchedumbre,
a quien la desventura daba en arras
un rincón en las agrias Alpujarras[5].
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Estos antiguos versos míos (que estoy muy lejos de admirar) representan en este libro, no un ardid de mi pereza, sino un principio artístico y literario, que no deja de ser honesto, en virtud del cual me ha repugnado tratar dos veces un mismo asunto.
Y es que detesto las variaciones y las variantes. Para mí, los músicos que escriben dos o tres arias de tenor, a escoger, para una misma ópera, demuestran que no han sentido verdaderamente ninguna. Es convertir el arte en oficio.
Y lo mismo digo de las segundas nupcias… de las mujeres.
Pero volvamos al Suspiro del Moro.
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Cuenta Fray Prudencio de Sandoval en su Historia del Emperador Carlos V, que cuando este fue a Granada, en Junio de 1526, y vio la Alhambra por vez primera, exclamó generosamente:
—«¡Desdichado el que tal perdió!»