La Alpujarra
La Alpujarra A nuestra izquierda se levantaba una inconmensurable ladera, casi vertical, sin árboles, sin riscos, sin arroyos, sin nieves y sin verdura. Asemejábase, hasta por el color, a una de las caras amarillentas de aquellas inmensas pirámides del Nilo que sirvieron de túmulo a otros reyes. Era una estribación o antemural del costado de Sierra Nevada, que nos ocultaba la sierra misma, y que se llama el Cerro Maziar.
A la derecha se escalonaban unas terreras y colinas, también sin vegetación de ninguna clase, derivadas de la sierrecilla de Tejeda.
Al frente… nada: las paredes del propio callejón, que culebreaba en ambos sentidos, sin el más breve asomo de horizonte, como el foso de una angulosa fortaleza.
Desde que pasamos del Suspiro del Moro ya no ofrecían interés alguno las contemplaciones retrospectivas…
Nos habíamos trasladado, por lo tanto, a la berlina de la Diligencia, con el afán de ir descubriendo terreno.