La Alpujarra
La Alpujarra Habíamos ganado un cuarto de hora sobre nuestros últimos cálculos, a pesar de la avaricia con que los hicimos.
Podíamos vencer.
Una hora en Adra
En Adra, como en Murtas, era Domingo, y los marineros y pescadores estaban tan aseados y compuestos a la orilla del mar, como los labriegos y pastores que habíamos encontrado aquella mañana en lo alto del Cerrajón. Pero el traje variaba mucho. Los hijos de la calurosa Adra vestían, si a aquello puede llamarse estar vestidos, anchos y blanquísimos zaragüelles, llevando sobre los hombros una anguarina de paño negro con su correspondiente capucha. Parecían moros de Levante.
Todos se hallaban de asueto y holganza… ¡Y nosotros, por puro gusto, nos habíamos impuesto aquel día la ruda faena de tan fatigosa expedición! Los miré, pues, con envidia, y tuve lástima de nosotros.
Tal es el perpetuo contrasentido de la naturaleza humana.
