La Alpujarra
La Alpujarra También sentí como una especie de recrudecimiento de amor hacia el mundo abierto, público y conocido, hacia el siglo XIX, hacia la civilización moderna, cosas todas que no veíamos hacía algunos días, y de las cuales nos hablaban aquella villa tan industriosa, aquel olor a carbón de piedra, aquellos barcos en que se podía ir a todas partes, aquellas olas que surqué tantas veces… Causame, sí, cierta tristeza pensar que a la noche volvería a esconderme en el montuoso laberinto de la Alpujarra para poner de nuevo entre mí y el mundo redobladas barreras de montes y abismos, y todas las tinieblas de la incomunicación y el misterio…
Mas luego pensé en nuestros amigos de allí; en Albuñol, donde nos esperaban; en aquella apuesta que íbamos a ganar sin remedio; en el proyectado viaje a Sierra Nevada; en lo que sería pasar la Semana Santa en aquellas alturas; en el desenlace de la tragedia morisca…; y, acto continuo, resucitaron todos mis entusiasmos anteriores, enojome Adra, como la ciudad al cortijero, causáronme tedio y fastidio todas las perspectivas del mundo civilizado, y suspiré más que nunca por las soledades de la Alpujarra.
[…]