La Alpujarra

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«El Marqués D. Luis (dice) era muy gentil hombre; tenía doce palmos de alto; era de recios y doblados miembros; tenía tres palmos de espalda y otros tres de pecho; fornido de brazos y piernas; tenía la pantorrilla gruesa, bien hecha; al modo de su talle, el vacío de la pierna, delgado de tal manera que jamás pudo calzar bota de cordovan justa, si no fuese de gamito de Flandes: calzaba trece puntos de pie, y más: era tan bien trabado y hecho, y tan doblado, que no se echaba de ver lo que era de alto. Era de color moreno cetrino, los ojos grandes rasgados, lo blanco de ellos con unas vinzas de sangre, de espantable vista. Usaba la barba crecida, y peinada: alcanzaba grandísimas fuerzas: cuando miraba enojado, parecía que le salía fuego de los ojos: era súpito, valiente, determinado, enemigo de mentiras… Era grande hombre a caballo; usaba siempre la brida; parecía en la silla un peñasco firme. Cada vez que subía a caballo, le hacía temblar y orinar. Entendía bien cualquier clase de freno. Su vestido de monte era pardo y verde y morado. Las botas que calzaba habían de ser blancas, abiertas, abrochadas con cordones. Era larguísimo gastador. Tenía cuatro despensas de grande gasto, una en Velez el Blanco, otra en Velez el Rubio, otra en las Cuevas y otra en Alhama. Era muy sabio y discreto; en burlas y en veras extremado. Tenía de costumbre oír misa a la una del día, y a las doce, de suerte que los capellanes no lo podían sufrir. Comía una vez al día, y no más, y aquella comida era tal que bastaba a satisfacer cuatro hombres, por hambre que tuviesen. En la comida no bebía más que de una vez, mas aquella buena con agua y vino muy templado, y esto era acabando de comer. De noche era su negociar, y así, se iba a dormir cuando los otros se levantaban. Siempre andaba con su capa, cobijado solamente las espaldas, ceñida espada y daga, y esto era de noche. De día se ocupaba solo en tirar al blanco, ora con escopeta, ora con ballesta, y en cuerpo: si era verano, siempre sin gorra; y si era invierno, con un sombrero de monte muy pespuntado… La lanza que él llevaba era tal, que harto liaría un criado suyo que llevarla al hombro, y el MARQUÉS la meneaba cual si fuese un junco delgado… Tenía muchos perros y aves de volatería… Cuando había de ir a monte, aguardaba que hiciese mal tiempo, que nevase o lloviese, o hiciese grande aire; y esto por haber a sus gentes robustas, como él lo era».


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