La Alpujarra
La Alpujarra ¡Aciaga estrella la de aquel hombre, efectivamente desventurado[13]! ¡En el momento de partir para un destierro perpetuo, perdÃa a la dulce compañera de su vida, al único ser que hubiera podido hacerle soportable la expatriación!
El ánimo se detiene contristado a considerar al mÃsero proscrito, sobre todo en el horrible trance de esconder el cadáver de su esposa en aquella amada y esquiva tierra que él iba a abandonar para siempre… ¡Acaso cavó por sà solo la negra sepultura, en su amante recelo de que llegase a ser descubierta y profanada algún dÃa!… Ello es que nadie ha sabido jamás dónde fue enterrada MORAIMA, ni ya es de temer que den con ella los anticuarios.
¡Triste BOABDIL! ¡Cómo envidiarÃa unas veces a la que habÃa compartido con él el trono de Granada, al ver que ella se quedaba al fin en el suelo patrio, refugiada en el seguro asilo del eterno sueño! ¡Cómo la increparÃa otras, acusándola de egoÃsmo, ingratitud y abandono! —«¡No has querido seguirme!» —le dirÃa—. «¡Has desertado de la batalla, dejándome solo, enfrente de mi destino!».