La Alpujarra
La Alpujarra Miércoles Santo. —Vista panorámica de Sierra Nevada
Eran las ocho de la mañana. Llevaba el sol dos horas de estar sobre el horizonte, y nosotros habíamos andado ya una legua, o sea la mitad del camino que media entre Murtas y Cádiar.
El día estaba magnífico. Era uno de esos días puros, espléndidos, radiantes, que suelen seguir a otro de nevada, cual si el astro rey los dedicase al placer de contemplar la nieve, de enamorarla, de seducirla, de hacerle reír y llorar a un mismo tiempo; días solemnes y melancólicos, alegres y tristes, como el primero de la paz después de una larga guerra; como aquel en que Noé desembarcó del Arca; como el de la muerte de vuestro peor enemigo; como el del casamiento de vuestra última hija; como la convalecencia después de la Extrema Unción; como unas segundas nupcias; como la libertad tras el cautiverio; como la toma de posesión de una gran herencia; como el regreso a la patria; como la tardía hora de la justicia; como el del estreno de una pierna de palo, etc., etc.