La Alpujarra
La Alpujarra Por encargo de los alpujarreños que iban con nosotros, hacĂa ya algunos minutos que nuestras miradas no se extendĂan más allá de las crines de los caballos, librándonos asĂ de ver poco a poco el sublime espectáculo que nos aguardaba y que querĂan contemplásemos entero, de golpe, de una ojeada sola, en el momento crĂtico y oportuno…
A la hora susodicha, este momento estaba llegando. Después de haber bajado y subido muchas cuestas pequeñas, llevábamos un largo rato de no hacer más que subir…
De pronto observamos que ya no subĂamos…
—¡Alto! —exclamaron entonces nuestros amigos—. ¡Vista a la derecha! ¡Mirad ahora cuanto queráis!
Nosotros obedecimos y miramos…
* * *
Toda Sierra Nevada estaba ante nuestros ojos. Toda Sierra Nevada… ¡Toda!… Desde la base hasta las cĂşspides, sin colinas intermedias, y solamente separada ya de nosotros por las amplias y profundas cuencas de los pujantes rĂos de Cádiar y de Yátor…
¡Toda Sierra Nevada…, desde el boquete de Tablate, por donde entramos ocho dĂas antes en el recinto alpujarreño, hasta más allá de Laroles, punto extremo a que se dirigĂa nuestra peregrinaciĂłn!