La Alpujarra
La Alpujarra Con que prosigamos nuestra descripción.
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Alzado sobre aquel desmesurado catafalco, cuya magnificencia tenÃa algo de fúnebre y mucho de triunfal, enseñoreábase el Mulhacén en perpetua apoteosis, sin reconocer otro rival en Europa que los formidables Alpes.
¡El Mulhacén!… No hay palabras ni habrÃa pincel con que poder dar idea de la pureza inmortal, de la transparencia empÃrea, de la claridad seráfica, con que se destacaba allà la nieve sobre el cielo. Lo blanco y lo azul, al demarcar sus plácidos lÃmites y trazar el nÃtido perfil de la suprema cima, se regalaban mutuamente unos resplandores tan suaves, o casaban de tal modo la candidez con la limpieza, la inocencia con la claridad, lo inmaculado con lo infinito, lo reciente con lo eterno, lo intacto con lo intacto, que parecÃame tener ante los ojos la realidad inefable de cuanto soñó Murillo al vestir de azul y blanco sus PurÃsimas Concepciones.