La Alpujarra
La Alpujarra No basta haber visto a Sierra Nevada por el otro lado, esto es, por el lado de Granada, y de Guadix, para tener idea de su grandeza y de su hermosura. Allí no hay modo de contemplar de una vez y a corta distancia toda la cordillera: allí no se presentan nunca de frente y en orden de batalla todas sus cimas. Granada no ve más que el señorío del Veleta. Guadix nada más que el reino patrimonial del Mulhacén. Ni la una ni la otra ciudad descubre a un mismo tiempo todo el vasto imperio presidido por este viejo rey. Entre el Mulhacén y el Veleta se interpone por aquella parte, a lo menos para el espectador, el formidable espolón o contrafuerte que, adelantándose hasta el Molinillo, entiba en los cimientos de Sierra Arana, y aquel espolón separa el horizonte accitano del granadino, partiendo la perspectiva de la Sierra en dos mitades casi iguales…
Pero por el lado de la Alpujarra la antigua Orospeda se muestra de cuerpo entero, cabal, íntegra, desnuda, pródiga de sus encantos, —como deidad mitológica que, no recelando llegar a ser vista, discurre…, como su madre la parió (las cosas claras), por los sagrados bosques… de la Literatura y del Arte—.
Así es que en aquel punto y hora quedó satisfecha por completo mi curiosidad de tantos años acerca de cómo sería Sierra Nevada por la banda del Sur, y formé completo juicio de la forma, estructura y respectiva proporción de sus ingentes moles…