La Alpujarra
La Alpujarra ABEN-FARAG.—Ved cómo aún conservaban esperanzas de volvernos a someter al yugo…No aguardaban sino un momento de flaqueza para remachar nuestros grillos.
ABEN-ABOO.—Mas, por lo menos, no puede tachársele de ingrato… No te echaba en olvido, ABEN-HUMEYA… Solicitaba tu indulto, y se proponía salvar a tu familia a costa de tu libertad… El ejemplo de Boabdil, disfrutando en África sus infames tesoros, parecía tentador a los ojos del pérfido…
ABEN-HUMEYA.—(Con todo secreto). ¡Basta! —¿Cómo ha caído en vuestras manos este pliego?
ABEN-FARAG.—Lara, que era el portador, le ha dejado en el camino.
ABEN-HUMEYA.—¿Dónde le habéis hallado?
ABEN-FARAG.—(Con frialdad). Sobre su cadáver.
[…]
ABEN-ABOO.—Por cierto que no deja ni asomo de duda: el delito está patente: el mismo reo lo ha sellado con su mano…
ABEN-FARAG.—Y debe en breve sellarlo con su sangre.
ABEN-ABOO.—¿Hay alguien que lo dude? Todo lo hemos aventurado por salir de tan odiosa esclavitud… ¡y dejaríamos expuesta nuestra suerte a las tramas de algunos traidores! Nadie será osado a proponérnoslo: no sabríamos nosotros tolerarlo.