La Alpujarra
La Alpujarra ABEN-ABOO.—Muley Carime… ¿Qué es eso? ¿Mudas de color? ¡Vuelve en ti, Aben-Humeya!…
ABEN-FARAG.—Me da lástima verte asÃ.
ABEN-HUMEYA.—(Quédase, durante unos momentos, desconcertado y confuso; pero, recobrándose luego, dice con tono grave): ¿Y en qué indicios se funda tan extraña sospecha?
ABEN-ABOO.—¡Ojalá que no fuesen más que indicios! Hubiéramos podido cerrar los ojos…
ABEN-FARAG.—No son indicios, sino pruebas.
ABEN-HUMEYA.—¿Pero son ciertas?
ABEN-FARAG.—Irrefragables.
ABEN-HUMEYA.—¿Hay testigos?
ABEN-ABOO.—Uno.
ABEN-HUMEYA.—¿Y ese le acusa?
ABEN-ABOO.—No; que le condena.
ABEN-HUMEYA.—Puede engañarse…
ABEN-ABOO.—No puede.
ABEN-HUMEYA.—O desear su perdición…
ABEN-ABOO.—A toda costa quisiera salvarlo.
ABEN-HUMEYA.—¿Es amigo suyo?
ABEN-ABOO.—¿Quién es, pues?
ABEN-FARAG.—Él mismo. Puedes guardar esa carta, si quieres… Ya es público su contenido.
ABEN-HUMEYA.—(En un momento de distracción, mientras está cavilando). ¡Desventurada!… No te engañaba el corazón… ¡Bien tienes que llorar!