La Alpujarra

La Alpujarra

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Mas no acierto a salir de este círculo fatal: la mancha de su castigo va a recaer sobre mi esposa, sobre mis hijos, sobre mi… Va a morir siendo el blanco de la ira del cielo, de las maldiciones de cien pueblos, de los insultos de una turba desenfrenada… ¡Y yo, su amigo, su huésped; yo, que aún hoy mismo le apellidaba padre, tendré que firmar su muerte, que presenciarla, que aplaudirla! ¡No; no podría yo sobrevivir a humillación tan grande: es forzoso impedirla a toda costa!… ¡Un medio… un medio… uno solo… sea cual fuere… y le abrazo al instante!

(Volviéndose hacia el aposento de MULEY CARIME).

¡Ah! No es tu vida, miserable; no es tu vida la que detiene y embaraza mis pasos. ¡Te arrastro como un cadáver que me han atado estrechamente al cuerpo…! —¿Y por qué no me desprendo de él?—. Puedo y debo hacerlo. Lo haré. No más indecisión; no más dudas: ¡de un solo instante puede depender mi suerte! Antes que esos malvados tengan tiempo de volver en sí; mientras deliberan y traman el plan para perderme, confundamos sus proyectos con un golpe decisivo… ¡No me pedíais ahora mismo, no me intimabais con tono imperioso la muerte del culpable! Pues bien: aguadad un instante; voy a dejaros satisfechos… Mas llevará consigo vuestras esperanzas y las hundirá en el sepulcro! ¡Aliatar! ¡Aliatar!


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