La Alpujarra
La Alpujarra Había llegado el momento de que los apartásemos también nosotros de las cosas de este valle de lágrimas…
Quiero decir: había llegado el momento de que emprendiéramos la ascensión a Sierra Nevada, donde debíamos pasar el resto del día a solas con la augusta naturaleza, en la vecindad del cielo, y en íntimo coloquio con el Criador de moros y cristianos, de deístas y de ateos, y de todas las demás variedades del humano espíritu.
Emprendímosla efectivamente…; pero no habíamos subido el primer escalón de la cordillera, cuando nos encontramos en otro alegre y pintoresco pueblecillo, todavía perteneciente al valle más que a la montaña…
Era Yátor, lugar de 717 almas, situado a orillas de su impetuoso río; Yátor, cantado por Zorrilla en su Poema de Granada; Yátor, muy digno ciertamente de tan gloriosa mención y de que nosotros nos hubiéramos detenido en él…
Pero ya era imposible resistir más tiempo a la atracción de la gran Sierra…
—¡Arriba!, ¡arriba!… resonaba a todo lo largo de la cabalgata…
¡Arriba!, ¡arriba!, os digo yo a mi vez en el presente instante… ¡Sursum corda! Subamos llenos de religiosa unción las gradas del inconmensurable templo que tenemos ante la vista.