La Alpujarra
La Alpujarra Nuevas cadenas de enmarañados cerros han nacido a sus pies, formadas con aquellos enormes arrastres. Los impetuosos ríos se llevan además continuamente otra inmensa cantidad de arena y de arcilla que va a sumergirse en el fondo del mar; y, sin embargo, la antigua Orospeda no se desgasta, al parecer: sus mermas no se notan: diríase que su corpulencia no disminuye… ¿Es que las montañas viven, crecen, se renuevan como los seres orgánicos? ¿En virtud de qué ley, más fisiológica que geológica? ¿O es meramente que nosotros no podemos apreciar su decrecimiento, su lenta ruina, y llegará una época en que no exista Sierra Nevada; en que sus pizarras y calizas se hayan derretido, al modo que hoy se derriten sus nieves? ¡Qué sé yo!…; lo cual es mejor que saber lo cierto, como indudablemente lo sabrán los geólogos.
Pero apenas acabamos de poner el pie en la Sierra, y ya la hemos destruido completamente; ya la hemos reducido a polvo; ya la queremos borrar del mapa… ¡Donosa manera de principiar su apología, de dar una idea de su excelsitud, de reverenciar su magnificencia!