La Alpujarra
La Alpujarra Por fortuna, ella sabe defenderse a sà propia y poner respeto al más atrevido caminante. Mirad, si no, estos abismos que nos rodean, y vedlos llenos de colosales agujas, pirámides, obeliscos y todo orden de monumentos puntiagudos… ¡Son trabajos de Hércules del agua infatigable, dedicada siglos y siglos a impedir que esos abismos se terraplenen! Semejantes monumentos no se han formado por acumulación o agregación o concreción de materia, sino por desbaste paulatino: cada una de esas inmensas estalagmitas ha sido esculpida por el cincel de los torrentes y labrada luego por el buril de las mansas lluvias. Todas agrupadas, ofrecen el aspecto de una catedral gótica, cuyos agudos chapiteles contemplásemos a vista de pájaro.
De la propia suerte, estas angostÃsimas calzadas que ligan unos estribos con otros, y por las cuales caminamos con tanto miedo, semejan botareles lanzados por el espacio para sostener el empuje de las lomas superiores, o más bien istmos que separan dos profundas simas, predestinadas a formar con el tiempo una sola. Aquà fue sin duda donde exclamó el poeta alpujarreño:
A un lado el espantoso precipicio
la muerte en el abismo nos retrata,
y con mugiente, atronador bullicio,
a otro lado la inmensa catarata…