La Alpujarra
La Alpujarra ¡Oh, cómo el pensamiento se engrandece
marchando por la senda solitaria!
Aquí el espino o la abulaga crece:
allí la fuerte encina centenaria:
más allá el sauce de dolor fallece
junto a la desmedrada parietaria…
exclamaba Lirola… tal vez en este propio sitio.
Porque, en efecto: encinas, espinos y sauces figuran en el magnífico arbolado que estamos viendo, además de nogales, almeces y cuantos árboles enumeramos en Lanjarón. Solo sigue faltando el tétrico pino, símbolo obligado de las montañas septentrionales, que, por lo visto, no se ha acomodado a vivir en esta gozosa cordillera, resplandeciente de luz y de alegría.
Pero su verdadera frondosidad, asombrosa en una altura tan extraordinaria como la que ya tocamos, debemos admirarla en estos barrancos deliciosos, que constituyen otros tantos paraísos terrenales.
Altísimos castaños los sombrean…
La oropéndola allí cuelga su nido:
las parleras urracas picotean
el fruto en sus espinas guarecido:
por encima las águilas otean,
y los cuervos repiten su graznido,
y bandadas de tórtolas azules
arrullan en madroños y abedules.