La Alpujarra
La Alpujarra Ya se ha ocultado el Sol del Miércoles Santo. Mil ochocientos treinta y nueve años hace que se puso del propio modo tras el monte Carmelo, llevándose el último día de los que en la vida del Redentor precedieron a su voluntario sacrificio. Al día siguiente ÉL mismo se entregaría a sus verdugos… Al otro, sufriría la muerte en cruz, para sellar con su sangre aquellas doctrinas que habían de regenerar el espíritu de los hombres; que habían de rescatarlo de la servidumbre de la materia; que habían de hacerlo digno de la inmortalidad.
Aquella tarde, la tarde del miércoles, hace diez y nueve siglos, no presentía la especie humana, al ver ponerse el Sol, cuán grandioso y memorable en la perpetuidad de los tiempos había de ser el día siguiente… Hoy, la Iglesia, fundada sobre el sublime Misterio de que mañana es la efeméride solemnísima, reza ya, y canta, y llora, y agradece, y bendice, todo a la par, la Pasión y Muerte de JESUCRISTO.
Sí: a estas horas; en este lúgubre momento en que las sombras de la noche principian a caer sobre los templos católicos, como cayendo van sobre esta encumbrada sierra en que nosotros peregrinamos con tan religioso terror…; en este momento, digo, el Coro de las catedrales acaba de rezar las Vísperas del Jueves Santo.
Allí, como aquí, se aproxima la hora de las Tinieblas.