La Alpujarra
La Alpujarra Dichosamente, no se trata de descender a lo hondo, ni mucho menos. Yegen, donde hemos de hacer noche, se encuentra todavía a una grande altura; a media Sierra, que dicen los pastores. Por consiguiente, mañana tendremos adelantado lo peor del trabajo para recorrer los elevados pueblos en que andaremos las Siete Estaciones de Semana Santa, a pueblo por Estación.
Despidámonos, pues, del Mulhacén, repitiendo los melancólicos versos con que termina el canto de Lirola; versos en que profetizaba su próxima muerte, y en que se descubren abismos de soledad y de tristeza. Dijo así:
¡Nieves, adiós, y tempestad y truenos!…
¡No me veréis ya más… que la corriente
de mi vida, volando huye sin frenos,
y ya su fin el corazón presiente!
¡Es tan triste morir!… Mas yo, a lo menos,
podré morir en paz, tranquilamente,
sin que de nadie la aflicción deplore…
¡Ay!… ¡No tengo en el mundo quien me llore!
[…]