La Alpujarra
La Alpujarra Pero el Coro reza los doce versĂculos del Cántico de ZacarĂas «Benedictus»…, y a cada verso apágase una de aquellas seis luces del Tabernáculo…
Apagáronse ya todas… El beso de Judas, recordado por la AntĂfona, ha sido el soplo de muerte.
Ya no arde en la Iglesia otra luz que la Vela MarĂa…
Esta no se apaga jamás… Sin embargo, una mano piadosa la oculta, aunque encendida…, y las Tinieblas reinan en la Casa de Dios.
¡Pavoroso momento! El clero y los fieles están de rodillas ante los enlutados Altares, rezando el Miserere como reos contritos… Tibi soli peccavi le dicen al Criador con el Rey Profeta. Y los golpes de pecho retumban en la oscuridad del santuario.
¡Miserere!, digamos asimismo, desde esta soledad augusta, nosotros, pecadores también… y también arrepentidos de haber llevado a Cristo a la muerte en Cruz…: usque ad mortem; mortem autem crucis…
¡Miserere!, repitamos, bajando los disformes escalones de esta montaña, en medio de las sombras que nos rodean, yertos de frĂo y con el alma puesta en el autor de lo criado, cuya mirada nos sigue sin duda alguna en el oscuro laberinto de nuestra existencia.
«Cor mundum crea in me, Deus (exclamemos fervorosamente): et spiritum rectum innova in visceribus méis».