La Alpujarra

La Alpujarra

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Habíamos dormido a las mil maravillas en casa de unos gentilísimos recién casados, a quienes otorgue Dios tanta ventura hasta la edad más inverosímil por lo avanzada, como abrigo, satisfacción y descanso encontramos nosotros en aquel novísimo hogar, cuya dirección disputaba todavía el alegre Cupido al grave Himeneo, y donde, sin embargo, aquella noche rindiose principalmente culto a los dioses lares, protectores de la hospitalidad…

Por lo que hace a nuestro madrugón, estaba muy justificado. ¡Era tanto lo que teníamos que andar, que ver y que sentir durante aquel clásico día! Así es que la orden de botasilla se dio sin pérdida de tiempo.

Acto seguido, y mientras ensillaban los caballos, nos dirigimos a la iglesia…

Hallábase esta todavía cerrada; pero, habiéndosenos dicho que la abrirían muy pronto, dimos en el ínterin un paseo profano por las calles y las afueras de Yegen, —tarea que estuvo despachada en breves momentos, y que nos suministró materia para escribir en nuestra cartera de viaje los renglones siguientes—:

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