La Alpujarra
La Alpujarra Entre las hojas de algunos de estos, mostraban escandalosamente su olímpica hermosura, o más bien se avergonzaban de no hallar medio de esconderla, coloradas naranjas y amarillos limones, imagen fiel de aquellas cautivas orientales esterotipadas por la pintura byroniana, que no consiguen tapar con sus cruzados brazos todos los tesoros de su pudor.
Aquel invernadero natural; aquella primera traición hecha, bajo el amparo de Sierra Nevada, a los vientos del Norte, a la altura sobre el nivel del mar y a la tiranía del Almanaque; aquella primera bocanada de aire tibio del mediodía, cuajada y convertida allí en flores y frutos de otras regiones; aquel paréntesis de amenidad, aquel escondite de primavera, llámase la Fuensanta del Valle.
Conste.
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Poco después, espaciose algo el terreno por el mismo lado, gracias a una breve condescendencia de la Sierra, proporcionándosele por tal medio una bonita vega al lugar de Dúrcal, que, sin aquella circunstancia orográfica, probablemente habría sido fundado en otro sitio, o no hubiera sido fundado en ninguna parte, resultando así un pueblo menos en el mundo.