La Alpujarra
La Alpujarra El Sol se había nublado. Aquella nubecilla que vimos por la mañana sobre la cumbre del Mulhacén cubría ya todo el firmamento…
Eran las dos de la tarde…
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El dueño del Cortijo de Unqueira iba con nosotros.
—Detengámonos aquí, —nos dijo—. Esperemos en esta soledad a que pase la suprema hora de las tres; la hora de Nona; la hora en que murió JESÚS.
A la puerta de aquel cortijo había muchos naranjos. Su opimo fruto y un poco bacalao, que se mandó a buscar a Ugíjar, fue lo único que consentimos en tomar allí, por vía de refección, a pesar de nuestra inmunidad de caminantes…
Ayunábamos.
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Ecce lignum Crucis.
La tremenda hora iba a sonar en el reloj de los siglos.