La Alpujarra
La Alpujarra Se ve que estos documentos, —si inocentes y hasta loables, conocido el sentimiento que los dictó y el resultado que produjo la correspondencia a que se referÃan—, se prestaban a funestas interpretaciones, a poca mala fe que hubiese en quien los comentara; y esta mala fe no era sino mucha en el bando morisco que conspiraba contra ABEN-HUMEYA.
«Tomó además parte activa en la conjuración (dice Lafuente Alcántara) DIEGO LÓPEZ ABEN-ABOO, que ambicionaba el mando».
¡ABEN-ABOO se quitaba ya la máscara!… Era natural: los odios, los rencores, las ambiciones y las envidias acaban siempre por concertarse en contra del enemigo o del estorbo común. ABEN-HUMEYA estaba perdido sin remedio.
Tiempo era, por lo demás, de que dejase de vivir aquel insensato, juguete de sus pasiones, manchado de sangre, entregado a la molicie y la concupiscencia como Baltasar y Sardanápalo, y que parecÃa no luchar ya en las batallas sino para asegurarse el impuro goce de las veintidós mujeres que, según unos, y cuarenta, según otros, tenÃa en su casa del Laujar cuando estalló al fin sobre su frente la cólera divina…
Veamos cómo se originó la catástrofe. Es una historia que parece inventada por un poeta; pero es una historia ciertÃsima, referida unánimemente por todos los cronistas de aquellos sucesos.