La Alpujarra
La Alpujarra »GONZALO EL XENIZ y los demás acordaron, para hacerlo a su salvo, que sería bien que uno de ellos fuese a ABDALÁ ABEN-ABOO, y de su parte le dijese que la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Vérchul, porque tenía que platicar con él cosas que convenían a todos.
»Sabido por ABEN-ABOO, vino aquella noche a las cuevas, solo con un moro, de quien se fiaba más que de ninguno; y antes que llegase a las cuevas, despidió veinte tiradores que de ordinario le acompañaban; todo a fin que no supiesen adónde tenía la noche.
»Saludole GONZALO El XENIZ, diciéndole: ABDALÁ ABEN-ABOO, lo que te quiero decir es, que mires estas cuevas, que están llenas de gente desventurada, así de enfermos como de viudas y huérfanos… Y luego le manifestó resueltamente: Ser las cosas llegadas a tales términos, que si todos no se daban a merced del REY, serían muertos, y destruídos; y haciéndolo, quedarían libres de tan gran miseria».
«Cuando ABEN-ABOO oyó las palabras del XENIZ, dio un grito, que pareció se le había arrancado el alma, y, echando fuego por los ojos, le dijo: ¡Cómo, XENIZ! ¿Para esto me llamabas? ¿Tal traición me tenías guardada en tu pecho?… No me hables más, ni te veo yo. —Y diciendo esto, se fue para la boca de la cueva…