La Alpujarra

La Alpujarra

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Es decir, que todos los fantasmas evocados por mi imaginación durante aquel largo viaje, así los del tiempo de Tiberio como los del tiempo de FELIPE II, habíanse desvanecido completamente. Ni un judío, ni un romano, ni un inquisidor, ni un morisco se veía ya por ninguna parte. En la Alpujarra, como en el resto de España, solo había cristianos puros…, pero de estos a la moderna, más semejantes en su generalidad a los tibios gentiles contemporáneos del escéptico Pilatos que a los supersticiosos clérigos y soldados de fines del siglo XVI. Parecíame que acababa de despertar de un sueño, o de sanar de una locura.

El día había amanecido lo que se suele llamar revuelto; ora claro, ora nublado, ora triste, ora alegre…; —día vario, como la realidad de nuestra vida y como el destino de los pueblos—; día desapacible y escalofriado, como el alma y cuerpo de los que madrugan contra su voluntad; —día, en fin, en que el Sol, con tanto salir y ocultarse entre las nubes, parecía jugar a muertes y a resurrecciones—: verdadero SÁBADO DE GLORIA, mixto de las tristezas del VIERNES SANTO y de los júbilos de la PASCUA.




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