La Alpujarra
La Alpujarra Nuestra caravana acababa de disolverse a las puertas de Murtas. Los alpujarreños se habían marchado a sus respectivos pueblos a prepararse para la lucha electoral, y hasta mis dos primitivos compañeros de viaje (atentos a generosos cuidados) habíanse despedido también de mí por algunos días… al cabo de los cuales (dicho sea aquí de paso, por si no se me presenta ya ocasión de advertíroslo) irían a buscarme a Albuñol, desde donde saldríamos juntos de la Alpujarra, por la orilla del Mar, en demanda de la culta ciudad de Motril y de su conocida diligencia…
Caminaba yo, pues, enteramente solo la melancólica mañana que digo. Mi rumbo, en definitiva, era hacia el mencionado Albuñol, donde daría fondo aquella misma noche, poniendo así término a mis exploraciones alpujarreñas; pero de camino (aunque rodease un poco) quería tocar en la villa de Albondón, a fin de hacer la prometida visita a su simpático señor cura, —de quien supongo no os habréis olvidado—…
Todo esto estaba muy bien: el plan no podía ser mejor…, y yo saboreaba a mis anchas la plácida tristeza propia de los epílogos venturosos y de todo lo que termina a medida de nuestros deseos…; mas ¿quién era aquel hombre que, hacía ya media hora, marchaba detrás de mí, a pie, agarrado a la cola de mi caballo, diciéndome cosas fatídicas y desagradables, y cuyo aspecto me infundía un terror indefinible?