La Alpujarra
La Alpujarra * * *
Aquel hombre se me había aparecido en el momento de quedarme solo y de perder de vista a Murtas, sin que pudiera yo precisar cómo ni por dónde llegó a incorporárseme. Cuando reparé en él, ya estaba a mi lado, dirigiéndome la palabra.
—Hoy va usted a perecer, —fue la frase con que me avisó su presencia.
Volvime asustado, como si hubiera oído el silbido de una serpiente, y me encontré con que llevaba a remolque a un hombre joven todavía; pobre y suciamente vestido, con chaqueta, pantalón largo y alpargatas; flaco y pálido como la misma muerte; con barba de unos quince días, que le tiznaba toda la parte inferior del rostro; de grandes y hermosos ojos negros, ancha boca, propensa a reír de una manera cínica y amarga; nariz, frente y cejas de puras y correctas proporciones, y un aire, en fin, en toda su figura, de artista mendigo, de proscrito vagabundo, casi, casi de judío errante.
—¿Quién es usted? —le dije.
—¿Pues no me conoce usted? —exclamó, sin dejar aquella sonrisa, yerta como la de un cadáver.
—Tiene usted razón. Yo he visto esa cara en alguna parte…
—Me vio usted anoche. Soy el Propio de Albuñol que les llevó a ustedes el correo a Murtas.