La Alpujarra
La Alpujarra —Es verdad, —pensé, tranquilizándome por entonces.
—Y como llevamos el mismo camino… —prosiguió diciendo.
—¡Ah! ¿Usted regresa también a Albuñol?… ¿Y qué hablaba usted de perecer? —interroguele, procurando dar el mismo tono a aquellas dos preguntas.
—DecÃa que, con la mañana que hace, no debe usted ir a Albondón por la Contraviesa…
—¿Pues?…
—¡A no ser que quiera usted que se lo lleve el aire, o morir helado! Eso va en gustos…
Yo no le contesté al pronto. El lenguaje de aquel hombre me repugnaba profundamente. Su estilo, su acento, sus ademanes, su gesticulación, todo era insultante en él…, acaso sin poderlo remediar. Solo la intención resultaba sana.
DÃgolo, porque algunos momentos después, al llegar al lomo de la Contraviesa, nos envolvió una horrible ventisca que me obligó a hacer alto.
—Veo que tiene usted razón, —le dije entonces—. Pero es el caso que yo no sé otro camino…
—Eche usted por aquÃ, —respondió él inmediatamente, dejando la cola y cogiendo las riendas de mi caballo—. Estos barrancos, aunque rodeando un poco, conducen también a Albondón.