La Alpujarra
La Alpujarra —Bien; sÃ…; ¡pero suelte usted las riendas! —prorrumpà yo descompuestamente.
El hombre se rio; dejome pasar, y repuso:
—Lo único que le podrá suceder a usted en estos barrancos es que caiga un aguacero, salgan los arroyos y se lo lleven a usted de cabeza al Mar…
—¡Tristes ideas tiene usted, buen hombre! —no pude menos de decirlo, disimulando algo mi mal humor.
—¡No tan tristes como los caminos de la Alpujarra! —replicó él con la misma ironÃa de siempre—. ¡A ver cuándo hacen ustedes aquà carreteras y ferrocarriles, para que sepamos lo que es una rueda! Viejo hay en estos contornos que no ha visto en toda su vida ni un coche, ni una galera, ni un carro… nada, en fin, que ruede; y el que ha visto esas cosas ha sido porque ha estado en Motril o AlmerÃa… ¡Por supuesto que lo mismo da a cuestas que al hombro!… ¡De todas maneras… aguaderas!…
Y al pronunciar esta última frase, adelantose para mostrarme la cara, en la cual vi una mueca lúgubre y espantosa, que indudablemente querÃa ser, y era en efecto, la caricatura de la Muerte.
El tal hombre volvió a causarme un miedo pueril, ridÃculo, fantástico… pero no menos incómodo por eso…