La Alpujarra
La Alpujarra Con lo que pasarÃa el dÃa de San José de 1872, como habÃan pasado tantos desde 1568, y aquellos honrados labradores volverÃan a la otra mañana a sus acostumbradas faenas, y luego seguirÃan asà más o menos años, devanando cada cual la madeja de su vida, hasta que uno por uno fuesen desapareciendo todos bajo la muda tierra, con el ovillo de su historia debajo del brazo, sin que por eso mermase nunca la población, —gracias esto último a los continuos zagalones que irÃan ascendiendo entre tanto a padres de familias y ocupando las vacantes de los muertos— […]
No de otra manera nosotros habÃamos pasado por Dúrcal sin detenernos, y salido ya otra vez al campo, cuya pacÃfica soledad tornó a sonreirnos, como una patria recobrada.
Tal sonreirán también las primeras calles al prisionero puesto en libertad, y los primeros astros al alma que va de la tierra al cielo.
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Por lo demás, aquel pueblo, importantÃsimo en su clase, encerraba suficientes recuerdos históricos para que yo pudiera escribir aquà muchas y muy entretenidas páginas. Habréis de permitirme, sin embargo, que no me meta en tal cosa. La Alpujarra nos llama hace ya harto tiempo, y nos hemos detenido demasiado en la exposición de las causas de la Rebelión de los moriscos, ad usum de los que no las recordasen.