Bajo las lilas

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Pero, no obstante las amables palabras de la señorita Celia, como Ben había oído lo que el otro muchacho dijera decidió que no iba a simpatizar con él; en tanto que Thorny tenía resuelto de antemano no jugar con un vagabundo aunque éste supiera hacer toda clase de piruetas. Por eso, ambos muchachos se miraron con frialdad e indiferencia cuando la señorita Celia los presento. Pero Sancho, que tenía mejores maneras y carecía de orgullo, les dio una buena lección aproximándose a la silla, agitando la cola como bandera que pide tregua, y ofreciendo su pata delantera en señal de amistoso saludo.

Thorny no pudo mostrarse indiferente ante ese gesto cordial. Palmeó la cabeza blanca y mientras acariciaba y miraba amistosamente los afectuosos ojos del perro, dijo a su hermana:

—¡Qué animal inteligente!… Si hasta parece que hablara…

—Pues, ¡naturalmente que habla! —exclamó Ben, quien, ablandado por la expresión de admiración que vio en el rostro de Thorny, ordenó—: ¡Sancho!… Di «¿cómo está usted?»

Y Sancho, sentándose sobre las patas traseras se tocó la cabeza con una de las delanteras como si fuera a quitarse el sombrero y ladro suavemente:

—¡Gua! ¡Gua! ¡Gua!


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