Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Dejando a los niños entretenidos en sus juegos, la señorita Celia se sentó en el «porch» y se puso a leer las cartas, que eras dos. Y mientras las leía su rostro se nubló y luego reflejó tal expresión de tristeza, que, quien la hubiera estado observando, se habría preguntado qué malas noticias podían haber borrado la alegaría de su rostro. Pero nadie presto atención, nadie vio con cuánta pena fijaba ella sus ojos en el rostro radiante de Ben y cómo, haciendo a un lado las cartas, se acercaba a los niños con una expresión de infinita compasión. Ben pensó que nunca había encontrado una mujer más dulce que aquella que se inclinaba junto a él y le ayudaba a armar un rompecabezas sin burlarse de sus errores.

La joven se mostró tan bondadosa con todos, que cuando abandono un momento a los niños para llevar a Thorny a descansar, los tres aprovecharon para hacer sus elogios al mismo tiempo que acomodaban todos los juguetes y se preparaban para partir.

—Se parece al hada buena de los cuentos. Tiene la casa llena de cosas maravillosas —dijo Betty abrazando por última vez a la encantadora muñeca cuyos párpados que se subían y bajaban invitaban a cantar:

Arroró, pequeña, duérmete, mi amor…

Y cerrar los ojos para no echar a perder la ilusión.


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