Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Haber sido sorprendido allí por su enemigo y en tal situación fue la gota de hiel que rebaso la copa de amarguras y humillación que bebía el pobre Ben. Un agudo silbido de admiración que llegó desde el otro lado de la colina lo consoló un poco y le dio ánimos para ayudar a Bab a descender de la carretilla con toda calma, aunque tuviera las manos llenas de ampollas y sólo le quedaran Tientos para decir:

—Vete a casa y no te ocupes de él.

—¡Qué lindos niños!… Escapan de casa, dejan a las mujeres afligidas y me obligan a correr en busca de ellos en lugar de dejarme gozar tranquilo mi día franco —rezongó Pat, adelantándose a desatar a Duke, cuya nariz roma ya había reconocido Ben, como asimismo el cómodo coche detenido junto a la puerta.

—¿Billy les dio noticias nuestras? —preguntó Bab, alegre de haber encontrado aquel cómodo refugio.

—Pues así, y el señor alcalde me envió a que los llevara a sus casas sanos y salvos. Ustedes me encontraron justo en el momento en que me detenía a buscar fuego para mi pipa. Arriba los dos, y no me hagan perder más tiempo, que no quiero pasarme la vida corriendo detrás de un granuja a quien de buena gana daría con el látigo —dijo Pat, ásperamente, cuando Ben, que ya había dejado la carretilla en un cobertizo, se adelantaba hacia el coche.


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