Bajo las lilas

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—Ya lo creo que harías eso si pudieras… No necesitas esperarme. Yo me iré cuando quiera —contesto Ben, escabulléndose por detrás del coche, resuelto a demostrar a Pat que no precisaba de él aunque para ello tuviese que pasarse la noche en el camino.

—Haz lo que quieras. Me tiene sin cuidado lo que digas o narras comprobado centro ce unas horas.

Y dicho eso, Pat dio un fuerte rebencazo y arranco antes de que Bab tuviera tiempo de recomendar a Ben que fuese más humilde y aprovechara el viaje en coche. Bab lamentaba dejar a su amigo mientras Pat se reía. Pero ambos olvidaron que Ben era ágil como un mono y por eso no se les ocurrió mirar hacia atrás. No advirtieron entonces que el señorito Ben se había colgado de las correas y los elásticos y hacía gestos burlones a su despreciado enemigo a través de la ventanita trasera del coche.

Al llegar al portón, Ben saltó y pasó corriendo adelante haciendo muecas picarescas, con lo que atrajo a todos a la puerta. Pat tuvo entonces que conformarse con agitar amenazadoramente el puño en dirección al divertido pilluelo, y mientras se alejaba alcanzo a oír la calurosa bienvenida que daban a los fugitivos como si fueran éstos un par de niños modelos.


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