Bajo las lilas
Bajo las lilas Dejaron a los pequeños huérfanos sobre el piso y cuatro manos ansiosas deshicieron el confortable nido, y entre los fragmentos desmenuzados fueron apareciendo trozos de papel verde: los billetes perdidos. Un trozo mostraba un número bien grande y parte de un grabado, y eso bastaba para explicar el destino que habían seguido los dólares.
—¿Soy un ladrón y un embustero? —preguntó imperiosamente Ben, señalando satisfecho los trozos reveladores extendidos sobre la mesa.
—No, y te ruego me perdones. Te aseguro que lamento mucho no haber investigado más antes de hablar. De esa manera todos nos habríamos ahorrado este mal rato.
—Bien, muchachos. Olviden esto y perdonen. Yo no volveré a desconfiar nunca de ti, Ben. Te doy mi palabra de honor.
Después de pronunciar esas palabras, la señorita Celia y su hermano extendieron a Ben sus manos con toda franqueza y cordialidad. Ben apretó ambas, aunque poniendo una ligera diferencia en los apretones. Tomó la más suave con gratitud, recordando que su dueña había sido siempre bondadosa con él, mientras que a la morena la apretó con tal fuerza que obligó a Thorny a retirarla apresuradamente al mismo tiempo que le hacía exclamar desconcertado: