Bajo las lilas

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—Yo seré el árbitro y daré como premio provisorio, y hasta que encontremos otro más apropiado, el aro de plata con que suelo recoger mis cabellos —propuso la señorita Celia, contenta de que todo se hubiese arreglado y que el nuevo juego presentara tan agradables perspectivas que ayudarían a pasar más entretenida la estación estival.

Resultó asombroso cómo el juego de arcos y flechas se puso de moda en toda la población. Los niños lo practicaron entusiasmados esa tarde y al día siguiente fundaron el club «Guillermo Tell» con Bab y Betty como miembros honorarios. Antes de que la semana concluyera se pudo ver a muchos muchachos con «curvados arcos y temblorosas flechas» arrojando lejos sus proyectiles con una encantadora indiferencia por la vida de los moradores del lugar.

Advertidos por las autoridades, los socios del club llevaron sus blancos a lugares más seguros y practicaron infatigablemente, en especial Leen, quien pronto descubrió que los ejercicios que practicara de niño habían hecho su brazo robusto y su ojo de mirada certera. Llevaba a Sancho como socio para que recogiese las flechas y así hacía más tiros en una hora de los que podían hacer los otros que debían correr de un lado a otro.


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