Bajo las lilas

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A Bab la regocijaron enormemente tales palabras, pero mucho más orgullo experimentó cuando, minutos después, mientras escondida detrás del árbol se chupaba un dedo maltratado y Betty le arreglaba las trenzas deshechas, se acercó Ben y le dijo:

—Creo que debiéramos haber considerado que el certamen terminó con un empate, Bab. Por eso deseo que tú luzcas esto. Quería ganar, pero no me interesa el premio. Será mejor que tú, que eres una niña, lleves sobre tu pecho este adorno femenino.

Y diciendo así Ben le ofreció la roseta de cintas verdes que sostenía la flecha de plata. Los ojos de Bab brillaron de alegría, pues ella había deseado tanto aquel «adorno femenino» como la misma victoria.

—¡Oh, no!… ¡Debes usarlo tú!… Es para el vencedor y a la señorita Celia no le gustaría que éste lo rechazara. No me preocupa no haberlo ganado. Demostré ser mejor que los demás y no me habría disgustado vencerte, pero me conformo con el resultado —respondió Bab poniendo inconscientemente en sus palabras infantiles la dulce generosidad que hace que muchas niñas renuncien, contentas, a los halagos y premios merecidos en favor de sus queridos hermanos mayores.

Pero si Bab era generosa, Ben era justo, y, aunque no sabía expresar sus sentimientos se negó a aceptar toda la gloria para sí y obligó a su querida amiga a compartirla.


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