Bajo las lilas

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—Debes usar esto. Yo no sería feliz si lo rechazaras. Te esforzaste más que yo, pero a mí me favoreció la suerte. ¡Por favor, Bab!, ¡tómalo!… —rogó Ben quien quería prender el adorno en el blanco delantal de la niña con sus manos torpes.

—Bien, lo aceptaré, pero ¿me perdonas por fin por haber dejado que se perdiera Sancho? —preguntó Bab con tanta ansiedad que Ben se apresuró a contestar:

—Lo hice desde el día que él regresó.

—¿Ya no me crees mala?

—No, por cierto. Eres una de las mejores niñas y yo estaré siempre a tu lado —replicó ansioso por comportarse dignamente con su rival femenino cuya habilidad lo había hecho elevarse a sus ojos.

Comprendiendo que Ben no diría nada más, Bab dejó que colocará la roseta sobre su pecho convencida en su interior de que tenía algún derecho sobre él.

—Allí es donde debe lucir. Ben es un verdadero caballero. Obtiene una victoria, pero ofrece el trofeo a su dama —dijo la señorita Celia a la maestra en tanto que los niños se reunían para jugar y llenaban la huerta con sus gritos.

—Sin duda los ha aprendido en algún espectáculo del circo. Es un buen muchacho y yo tengo mucho interés en que progrese. Él, por su parte, pone las dos principales cualidades que necesita un hombre para ir adelante: paciencia y valor —respondió la maestra.


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