Bajo las lilas

Bajo las lilas

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Al mismo tiempo miraba cómo el joven caballero se dedicaba a jugar al salto de rana y la honorable damita corría con sus compañeras.

—Bab es una niña deliciosa —agregó la señorita Celia—: es rápida como una flecha para captar una idea y llevarla a la práctica. Estoy segura de que, si se hubiese empeñado, habría podido vencer, pero debe haber considerado que era más noble dejar que triunfase Ben y reparar así la pena que ella le causó cuando perdió el perro. Yo vi cruzar un resplandor de bondad por sus ojos hace un momento. ¡Ah!… ¡Ben no sabrá nunca por qué ganó!…

—Bab tiene arranques semejantes en el colegio. Yo no puedo reprocharle esas pequeñas satisfacciones, aunque a veces sus sacrificios me parezcan inútiles —comentó la maestra—. No hace mucho descubrí que había estado dando —todos los días su merienda a una niña más pequeña. Cuando le pregunté por qué lo hacía me respondió con los ojos llenos de lágrimas que ella se había estado burlando de su compañera porque no llevaba más que un mendrugo de pan. Pero luego se enteró que la niña llevaba eso porque era muy pobre y entonces, para castigar su torpeza, resolvió darle su comida para sentir en carne propia lo que era pasar hambre y no burlarse más de eso.

—¿Le impidió usted que continuara sacrificándose?


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