Bajo las lilas

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—Gracias, señor. Le obedeceré. Estoy seguro de que papá vendrá tan pronto como le avisen, si no está enfermo o se ha perdido —murmuró Ben al mismo tiempo que para sus adentros se felicitaba de no haber hecho nada que lo hiciera temblar delante de aquel dedo.

En ese momento, un irlandés pelirrojo apareció en el vano de la puerta, el cual, mientras escuchaba las órdenes que comenzó a darle el juez, echó al muchacho una mirada de poca simpatía.

—Pat, este niño quiere trabajar. Llevará las vacas al prado y las traerá de regreso. Haz que se ocupe de algunas tareas livianas y comunícame cómo se comporta.

—Sí, señoría… Vamos, muchacho, ya te indicaré qué es lo que debes hacer —exclamó Pat. Y Ben, después de despedirse con un ligero adiós de la señora Moss, lo siguió con la secreta intención de jugarle una mala pasada para vengarse de lo mal que lo recibiera.

Pero olvidó por completo la existencia de Pat en cuanto divisó en el patio a «Duque de Wellington», el caballo, al que llamaban así por su nariz. Si Ben hubiese leído a Shakespeare habría exclamado


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