Bajo las lilas
Bajo las lilas Ben se puso tan contento y desplegó tal actividad que en menos de lo que canta un gallo el caballo estuvo atado al coche, y cuando el alcalde salió encontró que lo aguardaban ya «Duke» y el sonriente y pequeño palafrenero.
Al anciano caballero satisfizo la destreza del muchacho y el afecto que demostraba por el caballo, pero no se lo dijo a Ben y sólo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y exclamó
—Muy bien, muchacho… —Y en seguida se alejó en el carruaje que rechinaba e iba dando tumbos.
Poco después cuatro vacas lustrosas salían por el portón que abriera Pat, y Ben las llevó a que pacieran a un lejano prado donde el pasto tierno aguardaba a las hambrientas segadoras. Pasaron junto a la escuela y el niño, con un poco de compasión, miró a través de la ventana abierta las cabezas rubias y morenas que inclinadas repasaban la lección. A un muchacho como él que tanto amaba la libertad le parecía algo terrible tener que permanecer encerrado tantas horas en una mañana semejante.