Bajo las lilas
Bajo las lilas Esa noche, después de comer, Bah y Betty se sentaron en el viejo «porch» a conversar con Josephus y Belinda sobre los acontecimientos del día. La aparición del muchacho y su perro había sido el suceso más extraordinario de sus vidas. No veían al niño desde la mañana, pues éste había almorzado en casa del alcalde y estaba trabajando con Pat en el campo cuando ellas regresaron. Sancho no se había apartado de su amo, y asombrado del nuevo piro que tomaban los acontecimientos cuidaba de que nada malo fuera a ocurrirle a Ben.
—Es hora de que regresen. El sol se ha puesto ya y oigo a las vacas que mugen en el corral —dijo Betty impaciente, pues ella consideraba al recién llegado como si fuese un libro muy interesante cuya lectura deseaba proseguir lo más rápidamente posible.
—Voy a aprender las señas que le hace a Sancho cuando quiere ordenarle que baile, así podremos divertirnos con él las veces que lo deseemos. ¡Es el perro más simpático que he visto en mi vida!… —comentó Bab, quien tenía más afecto a los animales qué a su hermana.
—Dijo mamá… Pero ¿qué es eso? —se interrumpió Betty con un repentino sobresalto. Algo había golpeado por fuera del portón. En seguida, en lo alto, apareció la cabeza de Ben y su cuerpo se balanceó colgado del arco de hierro en lugar del farol de luz.